CUANDO UNAMUNO SE ENTREVISTÓ CON JOSÉ ANTONIO
En 1935, José Antonio visitó a Unamuno en Salamanca, con motivo del acto que Falange Española celebraba en la provincia. Durante la conversación, ambos intercambiaron puntos de vista sobre España y su porvenir.Miguel de Unamuno fue un hombre de ideas firmes y, a la vez, cambiantes. Militó en el socialismo en su juventud, se opuso a la dictadura de Miguel Primo de Rivera y acogió con entusiasmo la caída de Alfonso XIII y el advenimiento de la Segunda República en 1931.
Pero para 1935 el escritor vasco ya no veía las cosas de la misma forma. Desencantado con la República, culpaba a ésta de no poner freno a los separatismos y de ser incapaz de revolver la conflictividad social y política.
Y es que, en aquellos convulsos años, el pistolerismo sembraba el caos en las calles de una España que tan sólo un año después se vería fracturada por un conflicto civil. Hermanos contra hermanos.
Las reyertas callejeras las protagonizaban fundamentalmente los grupos de izquierda radical, por un lado, y Falange Española, por otro.
Falange, que se había fusionado con las JONS en 1934, la lideraba José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador.
Pero José Antonio no era un matón ni un burdo. Era un hombre que gustaba de las tertulias literarias y de la cultura, codeándose de una cohorte de literatos en la tertulia de la Ballena Alegre del Café Lion.
Esa inquietud cultural hacía a José Antonio distinto de parte de la militancia de Falange, más violenta y de acción. Su condición de intelectual propició que gustase de reunirse con gente culta.
En cierta ocasión, durante su estancia en Salamanca, se entrevistó con Unamuno.
El encuentro tuvo lugar en la casa del escritor vasco, horas antes del mitin que Falange Española celebró en la ciudad. Era el primero que la formación de Primo de Rivera organizaba en la provincia.
José Antonio acudió a la morada de Unamuno, entonces rector de la Universidad de Salamanca, en compañía del dirigente falangista Sánchez Mazas y del jefe provincial de Salamanca Francisco Bravo.
La conversación, en la que José Antonio y Unamuno intercambiaron puntos de vista sobre los problemas que aquejaban a España, transcurrió de la siguiente manera:
Francisco Bravo entró el primero y, tras saludar a Don Miguel, le presentó a sus acompañantes:
Buenos días, Don Miguel. Aquí tiene usted a José Antonio y Rafael Sánchez Mazas.
Unamuno, tras darles la mano, afirmó:
Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo liberal que he de morir liberal, y al comprobar que la juventud ya no nos sigue, algunas veces creo ser un superviviente.
Francisco Bravo entró el primero y, tras saludar a Don Miguel, le presentó a sus acompañantes:
Buenos días, Don Miguel. Aquí tiene usted a José Antonio y Rafael Sánchez Mazas.
Unamuno, tras darles la mano, afirmó:
Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo liberal que he de morir liberal, y al comprobar que la juventud ya no nos sigue, algunas veces creo ser un superviviente.
José Antonio respondió:
Yo quería conocerle, don Miguel, porque admiro su obra literaria y sobre todo su pasión castiza por España. Su defensa de la unidad de la Patria frente a todo separatismo nos conmueve a los hombres de nuestra generación.
Unamuno: Eso siempre. Los separatismos sólo son resentimientos aldeanos. Hay que ver, por ejemplo, qué gentes enviaron a las Cortes. Aquel pobre Sabino Arana que yo conocí era un tontiloco. Maciá también lo era, acaso todavía más por ser menos discreto.
Bravo: «Bueno, don Miguel, díganos cuándo le apuntamos para la Falange».
Unamuno: «Esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre.
El hombre es lo que importa; después lo demás: la sociedad, el Estado. Lo que he leído de usted, José Antonio, no está mal, porque subraya eso del respeto a la dignidad humana.
José Antonio: Lo nuestro, don Miguel, tiene que asentarse sobre ese postulado. Respetemos profundamente la dignidad del individuo. Pero no puede consentírsele que perturbe nocivamente la vida en común.
Unamuno: Pero yo confío en que no lleguen ustedes a estos extremos contra la cultura que se dan en otros sitios. Eso es lo que importa. No es posible que la juventud, por muy estupidizada que esté, caiga en el horror de creer que el pensar es una «funesta manía».
Por cierto que el otro día, y con motivo de una huelga en la Universidad, recibí a un grupo de muchachos de los de ustedes. Les pregunté qué querían, qué era eso de la Falange, y dudaron.
Bravo: Estarían aturdidos ante usted y no sabrían explicárselo.
Unamuno: No sé. Pero no sabían lo que querían. Y eso me prueba que hay un peligro de desmentalización de los muchachos. No conviene que ustedes acentúen esa tendencia pasional.
Sánchez Mazas: Pero usted, don Miguel, ha escrito a veces otra cosa.
Unamuno: Acaso. Llevo ya más de cuarenta años de escritor y a veces me olvido de lo que dije, y otras me contradigo y repito. Eso es lo humano...
José Antonio: Estamos necesitados, don Miguel, de una fe indestructible en España y en el español.
Unamuno:
¡España!... Muchas veces he pensado que he sido injusto en mis cosas; que combatí a quienes estaban enfrente; quizá a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España, porque la quería más y mejor que muchos que decían servirla sin emplearse en criticar sus defectos.
José Antonio: También nosotros, don Miguel, hemos llegado al patriotismo por el camino de la crítica. Y hoy, en esta Salamanca unamunesca, voy a decir a quien nos escuche que el ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo.
Unamuno: Muy bien. Pero sin xenofobia. ¡El hombre, el hombre! Y también el español y España. Y los valores del espíritu y de la inteligencia.
Bravo: ¿Por qué no nos ayuda usted en la lucha contra los separatismos? En el fondo, somos sus discípulos y hemos aprendido en usted a sentir a España, con orgullo, apasionadamente. Pero son los liberales, los hombres retrasados del XIX, los que ponen en peligro la Patria.
Unamuno: Usted repite mucho esa tontería de Daudet sobre el «estúpido siglo XIX». Pero eso no es verdad. Yo lo defiendo. Vivimos ahora mismo de su herencia. incluso lo de ustedes tuvo en él sus primeros maestros.
Después de Hegel, Nietzsche, el conde José De Maistre, aquel gran desdeñoso que gritaba a sus adversarios: «No tenéis a vuestro lado más que la razón...»
José Antonio: Nosotros no queremos saber nada con De Maistre, don Miguel. No somos reaccionarios.
Unamuno: Mejor para ustedes.
Unamuno: No sé. Pero no sabían lo que querían. Y eso me prueba que hay un peligro de desmentalización de los muchachos. No conviene que ustedes acentúen esa tendencia pasional.
Sánchez Mazas: Pero usted, don Miguel, ha escrito a veces otra cosa.
Unamuno: Acaso. Llevo ya más de cuarenta años de escritor y a veces me olvido de lo que dije, y otras me contradigo y repito. Eso es lo humano...
José Antonio: Estamos necesitados, don Miguel, de una fe indestructible en España y en el español.
Unamuno:
¡España!... Muchas veces he pensado que he sido injusto en mis cosas; que combatí a quienes estaban enfrente; quizá a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España, porque la quería más y mejor que muchos que decían servirla sin emplearse en criticar sus defectos.
José Antonio: También nosotros, don Miguel, hemos llegado al patriotismo por el camino de la crítica. Y hoy, en esta Salamanca unamunesca, voy a decir a quien nos escuche que el ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo.
Unamuno: Muy bien. Pero sin xenofobia. ¡El hombre, el hombre! Y también el español y España. Y los valores del espíritu y de la inteligencia.
Bravo: ¿Por qué no nos ayuda usted en la lucha contra los separatismos? En el fondo, somos sus discípulos y hemos aprendido en usted a sentir a España, con orgullo, apasionadamente. Pero son los liberales, los hombres retrasados del XIX, los que ponen en peligro la Patria.
Unamuno: Usted repite mucho esa tontería de Daudet sobre el «estúpido siglo XIX». Pero eso no es verdad. Yo lo defiendo. Vivimos ahora mismo de su herencia. incluso lo de ustedes tuvo en él sus primeros maestros.
Después de Hegel, Nietzsche, el conde José De Maistre, aquel gran desdeñoso que gritaba a sus adversarios: «No tenéis a vuestro lado más que la razón...»
José Antonio: Nosotros no queremos saber nada con De Maistre, don Miguel. No somos reaccionarios.
Unamuno: Mejor para ustedes.
Bravo: Se hace tarde. La hora del mitin está cerca.
Unamuno: Voy con ustedes.
Unamuno: Voy con ustedes.
El mitin se celebró en el Teatro Bretón de Salamanca. La conservación la recoge Francisco Bravo en su obra "JOSÉ ANTONIO. EL HOMBRE, EL JEFE, EL CAMARADA". Otros autores han tomado como referencia a Bravo para escribir sobre este encuentro.
En 1936, todo estallaría en mil pedazos.
José Antonio fue fusilado, y Unamuno falleció el día de Nochevieja.
Y España se sumía en una Guerra Civil que impediría las dos máximas de la conversación que ambos tuvieron: la unidad de España y el respeto a la dignidad del hombre.
En 1936, todo estallaría en mil pedazos.
José Antonio fue fusilado, y Unamuno falleció el día de Nochevieja.
Y España se sumía en una Guerra Civil que impediría las dos máximas de la conversación que ambos tuvieron: la unidad de España y el respeto a la dignidad del hombre.






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