EL BRAZO QUE PERDIÓ VALLE-INCLÁN

Ramón Gómez de la Serna dijo de Valle-Inclán que era «la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá». Esto no era solo una descripción física del escritor gallego, sino algo más general: un espejo moral.

De «rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba», como se definió él mismo en la revista Alma Española en 1903, Valle-Inclán construyó un personaje en torno a sí mismo que, en muchas ocasiones, hacía complejo diferenciar al Valle real del Valle impostado.

En la creación de este particular personaje, lleno de peculiaridades, bohemia y esperpento, jugaron un papel esencial las anécdotas ficticias que el autor de las Sonatas, el Ruedo Ibérico o Luces de Bohemia se encargó de difundir acerca de su vida.

Una de ellas fue la forma en que perdió el brazo, pues Valle-Inclán, desde 1899, estaba manco. Había perdido concretamente el brazo izquierdo y, fiel a su estética, se encargó de explicar este hecho con relatos fantásticos e inverosímiles.

Contaba Valle que, estando hospedado en un palacio de su Galicia natal, un criado se le acercó para decirle que no tenían alimentos suficientes para preparar un estofado. Supuestamente habría sido entonces cuando Valle, con el afán de que se pudiese cocinar lo que el sirviente demandaba, se cortó el brazo para que pudiesen preparar el estofado con él.

La realidad es la mayoría de la gente sabía que Valle-Inclán había perdido el brazo tras una pelea con el también escritor Manuel Bueno en el Café de la Montaña, antaño Café Imperial.

Bueno, tras una discusión acalaroda, golpeó a Valle en el brazo izquierdo con su bastón, propiciando que al de Villanueva de Arosa se le incrustasen los gemelos de su chaqueta. La herida se gangrenó y los médicos optaron por amputarle el brazo.

Valle-Inclán, lejos de lamentarse, aprovechó esto para mitificar aún más su personaje, hasta el punto de compararse con Cervantes, el manco de Lepanto.

En cierta ocasión posterior, sin el menor ápice de rencor, se acercó a Manuel Bueno diciendo: «Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho».

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