LOS DESMANES DEL REY PLANETA
Felipe IV fue rey del mundo. Los amplios dominios heredados de su padre, su abuelo y su bisabuelo convirtieron, en 1621, a un joven muchacho de 16 años en monarca de España, Flandes, las Indias y del resto de un imperio cuyo sol seguía sin ponerse.
Pero hacía tiempo que en España las cosas habían cambiado. A la prudencia de Felipe II, que con un celo obsesivo meditaba las circunstancias una y otra vez antes de tomar una decisión, la sucedió un Felipe III que, más dado a la caza y al teatro que a la política, delegó el gobierno en manos de validos.
Los validos eran hombres de confianza del rey a los que éste convertía en favoritos para llevar a cabo las funciones de gobierno. Hombres como el controvertido Duque de Lerma fueron validos de nuestro tercer Felipe.
Felipe IV seguiría la misma línea que su padre. Puso el gobierno en manos de Gaspar de Guzmán, conocido como el Conde-Duque de Olivares, y aunque Felipe el Grande quiso mejorar la imagen de la figura del valido, denostada por los hombres de confianza de su padre, la política no era su pasión.
Pero otras aficiones no le faltaron. La caza le apasionaba, la literatura o el arte le entusiasmaban y, ciertamente, las mujeres le perdían.
Felipe IV fue un monarca con un fuerte impulso sexual, y daría rienda suelta a su pasión de forma desenfrenada. Y las más veces no con las dos esposas que tuvo.
El rey planeta, en ocasiones, se desprendía de su indumentaria regia para pasar desapercibido entre el vulgo e ir a las obras de teatro, que tanto gustaban en esa España del XVII, con el afán de seducir a actrices que eran su gusto.
Al menos unos 30 hijos bastardos con distintas mujeres de toda clase, oficio y condición, de los cuales sólo reconoció a dos.
Tuvo, sin embargo, problemas para engendrar un heredero que le sucediese, ya que la mayoría de sus hijos legítimos murieron de forma prematura.
Pero hacía tiempo que en España las cosas habían cambiado. A la prudencia de Felipe II, que con un celo obsesivo meditaba las circunstancias una y otra vez antes de tomar una decisión, la sucedió un Felipe III que, más dado a la caza y al teatro que a la política, delegó el gobierno en manos de validos.
Los validos eran hombres de confianza del rey a los que éste convertía en favoritos para llevar a cabo las funciones de gobierno. Hombres como el controvertido Duque de Lerma fueron validos de nuestro tercer Felipe.
Felipe IV seguiría la misma línea que su padre. Puso el gobierno en manos de Gaspar de Guzmán, conocido como el Conde-Duque de Olivares, y aunque Felipe el Grande quiso mejorar la imagen de la figura del valido, denostada por los hombres de confianza de su padre, la política no era su pasión.
Pero otras aficiones no le faltaron. La caza le apasionaba, la literatura o el arte le entusiasmaban y, ciertamente, las mujeres le perdían.
Felipe IV fue un monarca con un fuerte impulso sexual, y daría rienda suelta a su pasión de forma desenfrenada. Y las más veces no con las dos esposas que tuvo.
El rey planeta, en ocasiones, se desprendía de su indumentaria regia para pasar desapercibido entre el vulgo e ir a las obras de teatro, que tanto gustaban en esa España del XVII, con el afán de seducir a actrices que eran su gusto.
Tuvo, sin embargo, problemas para engendrar un heredero que le sucediese, ya que la mayoría de sus hijos legítimos murieron de forma prematura.
Finalmente encontró sucesor en el príncipe Carlos, cuya muerte sin descendencia en 1700 supondría el fin del reinado de los Habsburgo en España. Pero esa, queridos amigos, es otra historia...


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